El Maravilloso Mundo de las Microondas


Pedro Albizu Campos, presidente del Partido Nacionalista Puertorriqueño y máximo exponente de la causa de la libertad para dicha isla caribeña, fue encarcelado por las autoridades norteamericanas por sus actividades políticas. Durante su encarcelamiento en la antigua prisión La Princesa en San Juan de Puerto Rico, Albizu se quejó de que los agentes del ejercito de Estados Unidos, particularmente los del U.S. Navy, lo estaban agrediendo y quemando con “rayos electrónicos de bellos colores y gran precisión” que lo bañaban con lo que posiblemente era radiación nuclear, con el fin de causar un cáncer galopante que cegara la vida del adalid independentista.

Albizu padeció su primer ataque de microondas se produjo en Febrero de 1951, perdiendo el conocimiento como resultado. Algunos meses después se produciría el segundo bombardeo, con los siguientes siete u ocho produciéndose entre 1951 y 1953.

Albizu comenzó a protegerse la cabeza y el cuerpo con paños húmedos debido al intensísimo calor que sufría durante el ataque. Varios médicos, incluyendo el Dr. Orlando Damuy de la Asociación Cubana contra el Cáncer, tuvieron la oportunidad de examinar al paciente y diagnosticaron que las llagas que desfiguraban el cuerpo de Albizu eran producto de “radiaciones intensas”. Se comenta que cuando los galenos colocaron una presilla de metal con una película sobre el cuerpo del preso político, la película quedó totalmente irradiada.

Aunque la tecnología máser no existiría “oficialmente” por al menos una década más, la existencia de las microondas y sus posibles usos se remonta a 1945, cuando el técnico Percy Spencer descubrió accidentalmente que resultaba posible cocinar con ellas, la naturaleza potencialmente mortífera de estos rayos siempre ha representado una fuente de preocupación en Puerto Rico, máxime con la proliferación de enormes torres de microondas erigidas durante la última década por empresas de servicio telefónico celular y por los estamentos militares.

El opúsculo Contaminación Electromagnética y Lucha Comunitaria (San Juan: CILDES, 1997) por Manuel Muñiz Fernández realiza la crónica de todos los esfuerzos realizados por la abrumadora y peligrosa presencia de las torres de transmisión de microondas en un entorno de espacio reducido como lo es Puerto Rico, detallando los efectos producidos sobre la salud humana por esta radiación.

Se señalan los siguientes: destrucción / transformación por calentamiento del tejido biológico, adhesión de lentes de contacto a córneas, cataratas, cambios fisiológicos, cambios de conducta que pueden incluir fatiga, insomnio, cambios de memoria, jaquecas, estrés y cambios en los sistemas inmunológicos y reproductivos del cuerpo humano.

Todos estos padecimientos serían la consecuencia de la exposición puramente accidental a fuertes concentraciones de microondas, pero ¿qué sucedería si dicha radiación fuese aplicada deliberadamente? Nos basta con leer el martirio de Pedro Albizu para ver las consecuencias.

El ejército estadounidense anunció en fechas recientes que se proponía hacer uso de “armas de microondas” en Irak como parte de su política de armas no letales contra civiles.

El periódico británico Daily Telegraph en su edición del 19 de septiembre de 2004 incluyó una nota por Tony Freinbert y Sean Rayment sobre el uso de estas armas de microondas o de “rayos electromagnéticos” adosadas a vehículos militares.

Dice el texto: “Usando tecnología semejante a la que ya existe en los hornos de microondas convencionales, el haz de energía calienta las moléculas de agua dentro de la piel rápidamente, causando dolor intolerable y sensaciones de ardor. El rayo invisible penetra la piel a una profundidad inferior a un milímetro. Tan pronto como el objetivo se aparta del haz, el dolor desaparece….”

El trabajo de los periodistas británicos pasa a señalar que el Pentágono considera que la ausencia de efectos secundarios hace de los cañones de microondas “[armas] particularmente útiles en los conflictos urbanos. El haz puede utilizarse para dispersar multitudes en las que operan los insurgentes y en espacios confinados, tanto contra civiles como uniformados”.

La nota del Telegraph incluye las declaraciones de Rich García, portavoz del laboratorio de investigaciones de la fuerza aérea en Nuevo México, que afirma que el haz de microondas tiene un kilómetro de alcance y “te hace sentir que tu piel está ardiendo”.

Los carros de combate que portarán los cañones de microondas (conocidos como ADS, Active Denial Systems) se denominan “Sheriffs” (comisarios) y seis de ellos entrarán en servicio en septiembre del 2005. Si su misión tiene éxito, el Pentágono piensa hacer uso de ellos en zonas de combate.

Pero estos “juguetes” no están reservados a las fuerzas armadas: entre las armas de microondas más diabólicas que existen en la actualidad figura el Rifle EMP, que incluye un magnetrón militar de microondas de cincuenta mil vatios y con alcance de trescientas yardas.

Digno de las tropas imperiales de Star Wars, el Rifle EMP puede destruir microprocesadores, causar la ionización del aire o gases, borrar datos de cualquier ordenador, crear sonidos RF y averiar instrumentos de tecnología sólida. Sin embargo, se trata de algo perfectamente legal y obtenible por cualquier ciudadano que pueda pagar su costo.

El hecho de que el gobierno se exprese tan abiertamente sobre el tema y ofrezca detalles sobre el despliegue de estas armas nos lleva a pensar que los ataques de microondas a civiles –ya sea por razones de control mental u hostigamiento político– son perfectamente factibles y apoyan los espeluznantes relatos que nos brindan las víctimas de estas armas en distintas partes del planeta. Pero el uso de las microondas no acaba ahí…

Según la escritora Anna Keeler en su ensayo “Mind Control Technology”, las microondas, moduladas a frecuencias biológicas muy bajas, pueden interferir con las funciones neuroeléctricas, reduciendo el rendimiento del individuo, creando sensaciones de malestar físico o síndromes diversos –todo esto a intensidades por debajo de diez mil microvatios por centímetro cuadrado-.

Estos bajos niveles energéticos –si bien no aptos para el campo de batalla– son igualmente devastadores contra individuos, ya que pueden crearse trastornos cardiacos, sofocamiento y reacciones afectivas como excitación, tensión subliminal, sugestibilidad y cambios en las ondas cerebrales: cosas que George Orwell jamás hubiera concebido en su distópica 1984.

conspiraciones en estados unidos usa
Y fue precisamente en 1984 que las mujeres responsables por las demostraciones pacíficas contra la presencia militar de EE.UU. en Inglaterra comenzaron a enfermarse.

El colectivo denominado Cruisewatch, acampado a la entrada de la base militar Greenhan Commons como protesta contra la presencia de los misiles crucero en las Islas Británicas, comenzó a experimentar sensaciones físicas extrañas en otoño de 1984, cuando las fuerzas militares y policíacas encargadas de mantener el orden se esfumaron repentinamente y una serie de antenas extrañas aparecieron repentinamente dentro del recinto militar.

Kim Bealy, coordinadora de los padecimientos físicos sufridos por las activistas, señala que los malestares incluyeron parálisis repentina, trastornos del habla, desangramiento retinal y síntomas psicológicos que iban desde la pérdida de concentración hasta la pérdida de memoria.

¿Control Mental No Gubernamental?

Por repugnante que pueda parecernos el hecho de que un gobierno, ya sea de occidente o de oriente, haga uso de radiaciones para controlar a sus ciudadanos o afectar el comportamiento de los posibles enemigos del régimen, se trata de algo que hemos podido experimentar en la gran pantalla por muchas décadas, desde el “lavado cerebral” del Candidato Manchuriano interpretado por Frank Sinatra en el largometraje de 1968 hasta los conceptos de control mental expuestos en otras producciones como Johnny Mnemonic, The Lawnmower Man (1990) y Telefon (1977). Conscientes de lo que es capaz de hacer la cúpula política por mantener las riendas del poder, pasemos a examinar lo que significaría dicho poder en manos particulares.

Desde hace varios años se han escuchado quejas por víctimas del hostigamiento por microondas que sus victimarios no parecen ser agentes del gobierno ni agentes de fuerzas extranjeras, sino grupos privados interesados en hacer enloquecer a ciertos individuos.

“Cada vez que rezo o me siento a leer la Biblia”, explica Tannie Braziel, una abogada de ascendencia africana en Los Ángeles, California, “me gritan blasfemias a tal volumen que no me puedo concentrar. Gritan: “¡no queremos que nadie alabe a Dios!”
“¡Queremos que adores a Satanás!” “¡Dios nos ha concedido su trono y nos ha endiosado!”

La señora Braziel es propietaria de un próspero bufete de abogados en la mayor de las urbes californianas, y considera que las voces que la hostigan no son transmitidas por el aire, sino por debajo de la tierra. El hostigamiento comenzó en 1991 y las voces corresponden a hombres que son capaces de vigilar todas sus acciones.

Algunas de las voces, explica Braziel, corresponden a hombres de raza blanca y otras a varones de raza negra, que la plagan de insultos y vejámenes constantes, blasfemando contra Dios, Cristo y el Espíritu Santo. El hostigamiento no solo ocurre en el hogar, sino en público, particularmente en el casillero de damas del gimnasio Bally’s en Hollwood.

“El aspecto más horrorizante de la intrusión de estos hombres en mi vida”, escribe la abogada Braziel, “es que son capaces de leer mi mente. Pueden articular mis pensamientos a la par que se me ocurren, sin importar cuán breve sea el pensamiento. Creo que estos sujetos se valen de alguna especie de rastreo satelital o actividad de barrido…a veces me dicen que ellos son de la policía y que me están brindando protección policíaca. A veces afirman ser “Dios”.

Si estas afirmaciones proviniesen de cualquier otra persona que careciese del nivel cultural y la formación profesional de Tannie Braziel, la tacharíamos de esquizofrénica y le recetaríamos megadosis de diazepam. Pero la abogada Braziel no considera que los que la han atormentado por más de una década sean extraterrestres ni demonios: al contrario, piensa que su éxito como abogada afroamericana ha sido motivo de disgusto para la policía de Los Ángeles, cuyo racismo ha sido desplegado al público varias veces durante la década de los ’90 con la golpiza propinada al motorista Rodney King y las declaraciones racistas del policía Mark Fuhrman durante el juicio del exfutbolista O.J. Simpson.

”Estoy preocupada no sólo por mí, sino por otras personas de raza negra que puedan estar experimentando situaciones parecidas pero que no se atreven a buscar ayuda. Lo que es mas, me preocupa que algunas personas hayan sufrido lesiones o hayan muerto tratando de evitar o eliminar estas intrusiones electrónicas en sus vidas…”

Lo anterior representa tan solo la muestra más breve de la información disponible sobre el control mental y el hostigamiento por microondas. Existen amplios dossiers llenos de casos trágicos e información sobre anteproyectos de ley para prohibir el bombardeo electromagnético o acerca de las armas y dispositivos de microondas más novedosos en el mercado. Al pueblo llano le quedan pocas opciones, aparte de evitar convertirse en blanco de un ataque de microondas motivado por sospechas gubernamentales o por envidias ajenas.

Pero existe un tenue rayo de esperanza: ya comienzan a aparecer empresas especializadas que se dedican no sólo a barrer casas y pisos para asegurarse de que estén libres de cualquier tipo de emanación electromagnética, sino para proteger al individuo contra la dominación y -¿por qué no?– la locura a raíz del uso estas tecnologías.

Las empresas en cuestión ofrecen Contramedidas de Vigilancia Técnica (TSCM, por sus siglas en inglés) que intentan determinar si la víctima efectivamente está siendo hostigada por microondas o por otros medios. Entre estos medios se señala la protección contra “dispositivos dañinos de alta energía” cuya fuente puede localizarse fuera de una casa o condominio o dentro de misma (a través de la modificación ilegal de un horno de microondas, por ejemplo, para dirigir mil doscientos vatios de energía contra el usuario).

Entre los dispositivos más novedosos que representan una fuente de preocupación para los expertos en contramedidas figuran los cañones de radar empleados por los departamentos de policía para hacer valer los límites de velocidad en las carreteras.

Estos cañones, por sencillos que puedan parecer, tienen una salida de potencia de hasta tres megavatios; un ciudadano puede obtenerlos en una tienda de electrónica o de abastos militares con consecuencias funestas, puesto que las pulsaciones de energía de estos aparatos pueden causar daño permanente o hasta la muerte de cualquier ser vivo. Utilizados por una mano experta, los radares pueden producir daño cerebral o averías en sistemas informáticos (para quienes deseen destruir el negocio de algún competidor).

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